Por: Francisco Javier Santana Villegas
En los últimos treinta años, el mundo ha experimentando cambios sin precedentes. Específicamente, podemos remontarnos al año 1989 cuando, con la apertura del muro de Berlín, terminaba simbólicamente el periodo histórico de la Guerra Fría, para dar paso a lo que hoy conocemos como Globalización.
Aunque existe un debate sobre cuándo inicia realmente la globalización, lo cierto es que a partir de la década de los años 90 del siglo pasado, el mundo experimentó cambios acelerados promovidos, por una parte, por la apertura de fronteras políticas a la economía del libre mercado y, por la otra, por los avances tecnológicos que hicieron de este, un mundo cada vez más interconectado.
En el terreno de los negocios, esta nueva era se reflejó principalmente en la globalización de los mercados, por la que ahora es posible encontrar prácticamente todo tipo de productos en cualquier parte del mundo. Y por la globalización de la producción, reflejada en el creciente número de empresas que buscan optimizar sus costos, manufacturando en diversas ubicaciones del planeta sin importar qué tan lejos estén; dando pie también, a un creciente número de empresas transnacionales.
Esto nos lleva a identificar también la creciente movilidad de personas por cuestiones laborales, ya sea en viajes de negocios para buscar nuevos mercados, o bien en la creciente contratación de empleados extranjeros por parte de las empresas para cubrir puestos clave.
Pero es este factor del talento humano, el que suele presentar mayores complejidades para un director o gerente internacional por la gran diversidad de formas de trabajar y de comportarse ante diferentes situaciones derivada de las diferencias culturales.
Si bien, existen muchas y muy diversas definiciones de cultura, para efectos de este tema, la definiremos como el conjunto de valores, creencias, costumbres, tradiciones y normas, que afectan el comportamiento de las personas en una sociedad determinada. Una de sus principales características es que solemos juzgar lo que hacen otras personas con base en lo que nosotros consideramos que está bien o está mal de acuerdo a cómo fuimos educados.
Y, ¿qué efectos tiene esto en el entorno laboral? En el trabajo, por ejemplo, las personas tienen ciertas expectativas sobre los resultados de su propio comportamiento y la motivación que encuentran en los demás. Estas expectativas se basan en su experiencia pasada y el conocimiento que han adquirido de cómo las personas ‘deberían’ responder a ciertas situaciones o eventos. En situaciones en las que se interactúa personas de diferentes culturas, estas expectativas pueden resultar erróneas, y lo que vemos en otras personas puede causarnos frustración o, incluso, llevarnos a cuestionar nuestra propia forma de ver las cosas.
En este mismo contexto, los desafíos que surgen de las diferencias culturales en el entorno laboral se pueden identificar en tres niveles diferentes, presentados a continuación.
Los desafíos emocionales y de actitud, que incluyen los sentimientos subjetivos de ansiedad y estrés que a veces experimentamos cuando no sabemos por qué las personas se comportan como lo hacen, y no podemos influir en su comportamiento de la manera que deseamos.
Los desafíos cognitivos, que ocurren cuando nos encontramos cara a cara con nuestras propias suposiciones incorrectas sobre cómo funcionan las cosas dentro de un contexto particular, y cuando nos damos cuenta de que necesitamos desarrollar el conocimiento apropiado sobre cómo funcionan las cosas en un nuevo entorno.
Los desafíos prácticos, que suceden cuando reconocemos que carecemos de las habilidades adecuadas para lidiar con eficacia con alguna situación, o para manejar malentendidos interculturales.
Es ante estos retos que pueden llegar a presentarse trastornos emocionales en los empleados internacionales, mismos que se reflejan, entre otros factores, en un bajo rendimiento y consecuentemente, una baja autoestima.
La buena noticia es que las habilidades y competencias interculturales se pueden desarrollar, de ahí la importancia de que las empresas incluyan en sus programas de desarrollo del talento humano, capacitación relacionada, no solo con el dominio de otros idiomas, sino también con el desarrollo integral de competencias interculturales que permitan a los colaboradores adaptarse al máximo a entornos culturales diversos, como por ejemplo comunicación intercultural y trabajo en equipos multiculturales. Esto será, no solo en bien de su propio desarrollo profesional, sino también de la empresa para la cual laboran.
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