Hogar, ¡Sé lo que eres!

Por: Rafael Hurtado

San Juan Pablo II escribió en uno de sus más afamados documentos –la exhortación a apostólica Familiaris Consortio– aquella frase que dice: familia, ¡sé lo que eres!, la cual se ha repetido en muy diversos escenarios, aunque su contenido aún espera ser asimilado en toda su riqueza. A un año de haber comenzado la pandemia, me parece que ha llegado el momento de profundizar en lo que es una familia verdadera. Independientemente de las posturas tan contradictorias que podemos leer y escuchar en los medios de comunicación sobre esta gran crisis –algunas pragmáticas, otras complotistas–, es evidente que por primera vez en la historia contemporánea los padres y las madres de familia hemos vuelto al hogar. Pero, ¿en qué circunstancias? ¿Frente a qué retos? ¿Cuáles serán las principales dificultades?

Mirando hacia atrás, nos topamos con que varones y mujeres, con sus altos y bajos, hemos luchado a capa y espada para sacar adelante a nuestras familias. Hemos tenido que enfrentar varias revoluciones industriales, dos guerras mundiales, revoluciones socialistas y sexuales, una “guerra fría”, y ahora una nueva revolución tecnológica. A finales de los años 50 del siglo pasado, el mundo “resurgió de sus cenizas”, dando origen a los primeros peldaños de una nueva etapa global, institucional y corporativa, en la que figuró la noción de un nuevo mercado laboral. Los alcances de este proyecto parecían infinitos: un nuevo mundo en el que habrían de primar la igualdad y la libertad por encima de todo.

Hoy, en las primeras décadas del siglo XXI, en medio de nuestros afanes por llegar a Marte, el “transhumanismo”, o el bitcoin, el mundo de los seres humanos cerró sus puertas frente a la gran amenaza del COVID-19. Para muchos, estamos viviendo la más grande mentira de la historia médica y clínica; para otros, los seres humanos hemos sido forzados a encerrarnos en casa: varones, mujeres, infantes y ancianos por igual, con la esperanza de algún día ser parte de una “nueva normalidad”.

Por ahora, pocas son las fuentes confiables que clarifican la verdadera razón de este enclaustramiento. Mientras tanto, encuentro mucha sabiduría en una frase muy feliz que escribió mi maestro Rafael Alvira: “la familia es el lugar al que se vuelve”. En efecto, hemos vuelto al hogar, quizás en circunstancias adversas, pero sabedores de que hemos de aprender a rescatar los “pedazos” de aquella obra de Dios que es la familia humana. Me pregunto si volviendo al hogar, quizás la familia volverá a ser lo que es, pues es el hogar el espacio habitual de donde una familia es familia y no otra cosa. Sin ser ajenos a todas las crisis que tendremos que enfrentar desde esta “nueva normalidad”, hemos de recordar que estar en casa es estar frente a las personas que más nos importan.  Para muchos, será un auténtico reto a vencer en los siguientes años, para otros, es un gran regalo que aún no alcanzamos a dimensionar.

Cierto: todos volvemos al hogar abatidos, resignados, incluso “crucificados” por la vida misma, tanto en épocas de crisis como en épocas de bonanza. “Estar de vuelta”, en ese sentido implica haber viajado, habernos ido a enfrentar la extravagancia. Viajar es maravilloso, conocer la novedad, aventurarse, arriesgarse, sobre todo cuando implica encontrarse con otros. Como dice mi padre: “la cultura cuesta”. Pero, todos sabemos intuitivamente (quizás) que sentirse agotado se remedia solamente cuando volvemos a nuestro hogar en donde, ahora sí, hemos vuelto. Allí nos curarán o curaremos nuestras heridas.

Esta verdad es flagrante cuando la vida va bien, pero mucho más cuando la vida va mal. Cuando alguien anda perdido, como nos dice la parábola del hijo pródigo, es necesario que lo lleven a un lugar seguro en donde siempre lo estén “esperando”. La vida siempre es crisis, aunque hay momentos en los que ésta se acentúa y nos hace volver al hogar con la “cola entre las patas”. En este último año, imaginemos cuántos de nosotros hemos vuelto a casa sin nada que agregar a la alacena, despedidos de nuestro trabajo, o simplemente enfermos y débiles. Pero incluso en esos casos, recordemos que el hogar familiar es la gran trinchera a la cual acudimos para restablecernos y volver a la batalla, no importa que sea grande o pequeña, ni la casa ni la batalla. En efecto, el hogar es un lugar paradójico: es más grande por dentro que por fuera.

Así lo afirmó el pensador inglés G. K. Chesterton, autor de una agudeza de pensamiento envidiada por filósofos y teólogos. Me parece que esta frase tiene mucho sentido. Cuando buscamos nuestro camino en Google Maps o en Waze, y vemos casas, carreteras, centros comerciales, etc., podemos cometer el error de que la realidad es genérica, abarcable, fácil de asimilar. Pero no; lo que pasa dentro de cada “espacio” de acción humana es más grande de lo que parece: es el universo. En efecto, nuestra vida interior es infinita, pues sólo la puede abarcar Dios. Al hablar de los miembros activos de cada hogar, estamos hablando de la vida interior de cada uno de ellos, la cual es mucho más amplia y rica que toda su exterioridad. Me parece que, en ese sentido, lo que está haciendo Chesterton es invitarnos a reflexionar sobre nuestra propia vida interior familiar. En estos tiempos pandémicos, será muy importante aceptar que la gente que habita nuestro hogar nos espera infinitamente, que no es lo mismo que esperen el infinito de mí, sino que siempre nos hemos de querer volver a ver. No habrá un solo padre o madre de familia que no quieran ver eternamente a sus hijos, y del mismo modo, todo hijo quisiera ver eternamente a sus padres. No habrá un solo esposo que no quiera ver eternamente a su esposa y viceversa.

En esta pandemia, el hogar familiar ha cambiado, quizás para siempre: se ha convertido en escuela, oficina, gimnasio, oratorio, restaurante, entre otras cosas. Muchos se preguntarán cómo lidiar con este cambio, o bien, si nuestra vida volverá a ser como era antes de febrero del 2020. Hasta el momento, aún no he desarrollado la habilidad de ver o predecir el futuro. Me limito a afirmar que, a diferencia de lo que se pueda pensar, el hogar siempre ha sido un lugar más “amplio” de lo aparente: un lugar sostenido por múltiples funciones y con poco espacio para la especialización. Hasta hace pocas décadas, las familias se esmeraban día con día en sacar adelante sus hogares en primer lugar, y por ende, a la comunidad, la sociedad y el mundo. Para muchos, esta dinámica es símbolo de retraso, oscuridad, decadencia. Para otros, nos recuerda aquella etapa de nuestra infancia en la que la familia extensa, la cuadrilla y el vecindario tenía mucha fuerza. La vida era muy simple, no había tiempo para dar rienda suelta a todas nuestras apetencias. Los padres y las madres de familia, siendo poco letrados, eran más sabios. Tenían claro lo que hacía falta para ser una buena persona, sin ser unos especialistas en el pensamiento clásico.

¡Claro que hay que crecer, saber más, llegar más lejos! Sí puedo. Pero me parece que es mejor saber parar, abarcar poco, pero bien abarcado. Como decía San Josemaría, citando a aquel poeta de Castilla, Antonio Machado: “despacito y buena letra, que el hacer las cosas bien, importa más que el hacerlas”. Nuestros abuelos no fueron muy letrados, pero sabían que cuando un hijo se enferma, hay que apapacharlo, no sólo darle medicinas, decirle que todo va a estar bien, y nosotros a lo nuestro.

Lamentablemente, todo esto cambió con la revolución industrial en sus múltiples facetas. Aquí el varón se auto-exilió del hogar y, con el tiempo, la mujer lo siguió, dejando el hogar a merced de la tempestad. Ahora el hogar no es hogar, sino hotel de entrada por salida, en donde todo mundo llega a la hora que le viene en gana y poco más. Sin embargo, me parece que aún quedan cenizas de ese fuego refulgente que es el hogar en sí mismo. Podremos no estar de acuerdo con esta tesis, pero puedo asegurar que gracias a la pandemia, veremos que la vida doméstica tiene sus propios grados de maleabilidad. El más importante de éstos, me parece, es que el hogar está diseñado para que cada uno de sus miembros se manifieste como es. Ahora, padres, madres, hijos e hijas (incluso ancianos), todos unos auténticos “especialistas” en cultura posmoderna, nos tendremos que ver las caras mucho más de lo que hasta ahora se consideraba normal. Me parece que esta dinámica nos dará frutos muy ricos, dignos de mucha reflexión. Veremos en casa un auténtico desorden-ordenado, para al final del día estaremos todos juntos, y al día siguiente también, y el siguiente, y el siguiente. Llegó el momento de demostrarnos a nosotros mismos que podemos estar juntos y ser felices.

 

Rafael Hurtado, PhD.

Departamento de Humanidades

Universidad Panamericana, Campus Guadalajara

 

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